miércoles, 8 de enero de 2014

DEFENSA DE LA FIESTA "LO DE LOGROÑO"; DIALÉCTICA DE LOS PUÑOS (I)

El lio que se ha montado estos dias con lo de Viña Pe, donde yo tomo buen clarete cuando voy al teatro Español las noches de estreno,  me ha hecho reflexionar no sin cierta nostalgia sobre mis memorias taurinas. Como subrayaba el otro dia mi compañero y, sin embargo, amigo, Zabala de la Serna  el mundo taurino está lleno de contradioses y tantarantanes. Los toreros,  que tienen el cuerpo hecho a las cornadas, no tienen la mente abierta a la crítica salvo gloriosas excepciones. Tienen carne de perro y espíritu de cristal. Me lo recordaba Zabala Portolés un dia en Sevilla, cuando le advertí que los picadores  tenían ganas de "ajustarle las cuentas", precisamente por un artículo que había escrito yo en el que ponía a parir su huelga la tarde en que  Cabatisto, que Barroso dejó sin picar,   mató a Manolo Montoliú,  infortunada coincidencia.Como  nadie me conocía,  hablaban sin pudor cerca de mí en la Puerta del Príncipe y, según ellos, Zabala padre, siempre comedido,  había puesto en entredicho el honor de Sevilla que, se lo "había dado todo". !!Todo!!  remachaban rencorosos, subalternos y varilargueros. Se lo conté a Vicente, padre, y me dijo: "Javier, nunca te agradecerán un adjetivo elogioso; pero te reprocharán cualquier juicio que no los ponga de dioses para arriba". Y aventuró con cierta retranca: "Enrique, además de grande, es un caballero". Andaba yo en aquellos momentos muy poco proclive a la tauromaquia poncista, aunque lo de caballero, comprobado después en múltiples ocasiones, lo decía todo el mundo. Y remató el cronista de Abc: "huye de las malas compañías".
En toros, por lo tanto, siempre ha habido desencuentros, aunque, por fortuna, no todos acaben en reyerta.  Pero desacuerdos dialécticos, a montones, por más que falte la segunda parte de la dialéctica, o sea uno mismo, el periodista que debe negarse a entrar en ese tercio; unos torean y otros escriben. Cada uno en su casa, Dios en la de todos y que cada palo  aguante su vela. Rifirrafes hostiles he tenido bastantes y reyertas solamente una, la que  que se dio en llamar "lo de Logroño".  A petición del personal, cuento sin quitar ni poner punto o coma lo de Logroño. Y por propia voluntad cuento lo de José Tomás y el flautista de nombre veraz, Salvador Boix, a quien echo de menos, pues el flautista me daba mucho juego. Los efectos colaterales de mi supuesto antitomasismo se vieron bastante después de aquella noche del Paquiro.  José Tomás me preguntó a micrófono abierto y ante 500 comensales si él era un torero o un suicida; a lo cual respondí que le leían mal las críticas y que nunca le había llamado suicida. No quise entrar en mi  valoración del suicidio como acto profundamente moral. Ahí quedó la cosa pero eso le valió a Drago para decir, en una de sus dragonteas, que Tomás me había dado una estocada en todo lo alto, el mejor volapié de la temporada o algo así. En realidad José Tomás pinchó en hueso como pinchó el flautista con el follón que me montó a mi regreso a la mesa. Gresca palabrera y furibunda, como podrían testificar Manu Llorente y varios atónitos teatreros que estaban presentes. Me limité a decir al señor Boix que acababa de meterse en una corrida demasiado dura para él. Mi "antitomasismo", sin embargo,  será muy difícil de entender a cualquera que hay leido mis ensayos sobre el torero de Galapagar.
Y ahora vamos con "lo de Logroño", a petición del personal, que conste, aunque no sé si me dará tiempo  y tendré que dejarlo para mañana.  Voy al Teatro Español y me pasaré, como de costumbre, por Viña Pé porque tienen un clarete extraordinario  y porque  el camarero de la barra me pone buenas tapas. No creo que me encuentre con Fernando Galindo; porque yo con la familia Galindo, con Raul, también tengo mi historia. En cierta ocasión, cuando Raul Galindo iba  de matador, publicó una carta contra mí en una revista taurina. Me acusaba de todas las inhumanidades y perversiones de la fiesta y poco faltó para decir que había  matado a Manolete y a Curro   Valencia, subalterno muerto una semana antes más o menos, en la Fira de Juliol. El remate era sublime y pienso  que, a lo peor,  ni siquiera de su puño y letra: "aspirabas a Umbral y te has quedado en umbralito" A lo cual respondí, mejor es eso que aspirar a torero y quedarse en Raúl Galindo. Puso el grito en el cielo, según me contaba Pepe Dominguín, pero los puños se quedaron en los  bolsillos, que es donde tienen que estar. Y me voy al teatro; si les ha gustado esta primera parte, no se pierdan la segunda, que es la más interesante.

sábado, 4 de enero de 2014

ÚLTIMA FABULA DE BELÉN. PAPA FRANCISCO Y EL BORBON ANTE JESUS.

No había noticias ni cartas credenciales de los heraldos de los Reyes Magos que habían de venir de Oriente. Los servicios diplomáticos del Establo, que ya avizoraban el esplendor áureo del Vaticano,  empezaban a impacientarse por la tardanza.  José, pesaroso por la inminente degollación de los   inocentes que alguien próximo al tetrarca le había filtrado, prefería no esperar más tiempo y María, advertida, estaba de acuerdo. Había que salvar al niño, pues si una filtración de los soldados de Herodes les había llegado, sería designio del Señor Dios que muchos murieran para que Jesús viviese. No sabían si sobevivirían al remordimiento, pero así había que  ver el mundo. Además había anunciado su visita el Papa Francisco que ya trataba de  poner orden en la Iglesia desde los primeros momentos, aunque sin delegar en Dulcino, como le recomienda Vustrid Kalminari, Larry Talbot, por otro nombre. Preguntado este quién es Dulcino, contesta que un discípulo de San Francisco, "precomunista quemado en la hoguera como Dios manda".
Y así  veía también el mundo un tal Javier Villán, intrépido aprendiz de escriba, a quien José Saramago, había encargado    que  reflejase con pelos y señales los acontecimientos de esta última fábula apócrifa. El genio portugués no quería encontrarse con el  Borbón,  pues ante el retraso y más que posible ausencia de los Magos, el servicio diplomático del Establo había despachado misivas a las cortes europeas y solo el Borbón de España había accedido a ir a la cueva del Niño Jesús. Al tal Villán eso le daba igual, pues era más frívolo que Saramago y carecía de sus firmes convicciones morales y políticas. El Borbón llego acompañado de la Reina Sofía, de la Infanta Cristina y de su marido el Urdanga, apolíneo atleta con la corona de laurel de las últimas Olimpiadas de toda la Hélade, y mayor afanador del reino por muchos miles de denarios y sextercios. Con ello, pensaba el tal Villán,  el Borbón afirmaba la unidad de la Real Familia, en los asuntos de Noos, o sea la rapiña del laureado atleta, más que discóbolo, lanzador de goles y pelotas. Lo cual venía a confirmar un vejo refrán español, de mucho, que dice "familia que roba unida, permanece unida".  Y, movido por su audacia de periodista arriesgado e impecune, o precisamente arriesgado por impecune, preguntó al Borbon qué pensaba  de la máxima filosófica y política que ya empezaba a conmover las conciencias de los ciudadnos de su reino: "para encontrarnos con tiempos tan duros tendremos que remontarnos a tiempos venideros". Que majadería es esa y quién lo dice, preguntó el Borbón. A lo que el tal Villán respondió, eso Majestad lo dice un poeta laureado con cárceles y prisiones, de nombre Carlos Alvarez que, ante notario, firmó apostasía de la fe católica y de la Monarquía española. A lo que Papa Francisco  respondió no entro en lo de  Monarquia por no ser de mi negociado, pero en cuanto a la apostasía y la fé tráiganme a ese apóstata nominado Carlos que ya negociaremos. Lo cual escandalizó a todos menos a Jesús que pensó para sí; este es el pastor que yo quiero y necesito.
Cuando Rajoy, Rubalcaba y todos los Alibabás de sus respectivas ejecutivas  se enteraron del viaje del Monarca y del Papa, se unieron al séquito con ánimo de sacar tajada, pero los fulminó la voz colérica de Jesús, anuncio de lo que sería capaz de hacer años má tarde con los mercaderes del Templo. Parece ser que también dijo refiriéndose al Urdanga, este será el mal ladrón cuando me crucifiquen. Pero de eso  el tal Villán ya no puede dar fe. Lo deja al criterio del relator  Juan Cruz, escriba máximo de El Pais,  y de Pilar del Rio la bienamada de Saramago que andaban por allí, que él los vio.

jueves, 2 de enero de 2014

FÁBULAS APÓCRIFAS DE BELEN. (IV). SARAMAGO, QUINTO EVANGELISTA, ESTABA ALLI.

Un relectura pormenorizada de El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago, demuestra que el Premio Nobel estaba allí y que recogió  datos de primera mano. Debió de pasar inadvertido, un escriba anónimo y curioso, pues en ninguno de los otros evangelios, apócrifos o canónicos, se le nombra; y esta circunstancia no creo que obedezca a la consideración de quinto evangelista por parte de los otros cuatro. Soló mediante  una presencia observante y  análitica se puede explicar que Saramago describa con tal precisión de detalles las peripecias de peregrinaje en busca de posada ni los gritos y  angustias de María en el alumbramiento; ni la delectación amorosa con que la fecundó José  el cual, a la vista de lo que dice Saramago, ni era tan pánfilo ni tan bobo como dicen los otros evangelistas. En el amoroso trance, Dios  se ausentó para no interferir en  tan placentera y delicada comunicación de dos cuerpos que se aman. Así lo describe Saramago, quinto evangelista mal que le pese a los padres procesales de la Iglesia y sus seguidores.
"Habiendo salido al patio, Dios no pudo oir el sonido agónico, como un estertor, que  salió de la boca del varón en el instante de la crisis, y menos aún el levisimo gemido que la mujer no fue capaz de reprimir. Sólo un minuto, o quizá no tanto, reposó José sobre el cuerpo de María". Debió de ser un trámite de urgencia,  lo que vulgarmente los hombres comunes llamamos un "rapidillo". Pero hay que entender a José y a Maria,  con la presencia de Dios vigilante y los ajetreos  de un futuro empadronamiento que ya los amenazaban.

Parece verosímil que fuera el propio Saramago quien avisara a José del peligro de la degollación que ya Herodes había decretado para todos los niños nacidos en Judea de tres años a esta parte, so peligro de que a uno lo intitulaban ya Rey de los Judios. Mezclado disimuladamente en los mentideros del Templo, haciendo de carpintero, albañil y peón para cualquier menester, Saramago oyó los comentarios de los esbirros  soldados para degollar a tanto inocente. Los mismos  soldados lo consideraban una crueldad innecesaria, pero a las órdenes del Tetrarca nadie  podía oponerse, sin riesgo  de la propia vida.

En resumen que muchos dan por irrevocable y cierto que Saramago estaba allí, pues sin esa presencia testifical no podría entenderse este Evangelio según Jesucristo y mucho menos la mala conciencia de José, la conciencia culpable de haber salvado a su hijo Jesús, olvidándose de avisar a los otros padres para que hicieran lo propio con sus amados hijos. Más  indicios y certezas hay a lo largo de El Evangelio según Jesucristo que demuestran no sólo la condición  de novelista excelso de Saramago, sino sus virtudes de historiador documentado y riguroso. Pero esas peripecias ya no son propias de la Natividad, sino de las predicaciones, milagros y crucifixión del nazareno; para lo cual habrá que esperar obviamente a la Semana Santa,  que ya está a la vuelta  de la esquina pues el discurrir del tiempo es raudo e ininterrumpido.