Me llegan noticias de Canarias donde dedican el Dia de las Letras al gran poeta difunto, Agustín Millares, de la familia de los Millares a la que también pertenece Manolo Millares, el pintor de las arpilleras. Ha sido un dia sorpresivo y fecundo. Almuerzo liviano en el Gijón con Santiago Sánchez para hablar de cosas de teatro, de qué si no: una sorpresa está al caer. Refiere el éxito de Decamerón negro en Valencia; Valencia, la tierra de las flores , tiene la marca a fuego de la sensualidada mediterránea. No me extraña que allí apasione el Decamerón, aunque sea Negro o, precisamente por serlo. Noticias de Salmanca y Los toros a escena del Instituto Castellano y Leonés, que este año ha acogido Que trata de España. La idea trocal de este espectáculo, "España es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos; que hablen los poetas", ha calado hondo en un Liceo lleno hasta el gallinero. Isabel Bernardos, la pregonera, me manda su pregón; no he podido ir a Salamanca, donde una noche bruja de toros y de cante, hace no mucho, me nació la idea de una obra de teatro sobre La Argentinita: Las tres pasiones de Encarnación Júlvez, que está concluida con la coautoría de una gran autora: Diana de Paco Serrano. Me ocuparé del pregón de Isabel y de Que trata de España"
El Gijón está recuperando buena aparte de su condición de ágora, mentidero, foco de rumores y alguna noticia, pocas. Umbral prefería los rumores a las noticias. Por eso era huésped y exégeta del Gijón. Pero uno no es Umbral y no sabe interpretar tan bien como Paco las entrañas del rumor. No veo a Jesús Nieto ni a nadie de las nuevas hornadas umbralianas. Pero aparece Emilio Sola, Juan el anarquista, Esmeralda, a los que hace siglos los Gerrilleros de Cristo Rey les volaron la Vaquería, copas, libre pensamiento, santuario de libertad y otras perversiones. Los chicarrones de Sánchez Covisa tuvieron un detalle que, entonces, les agradecimos públicamente: volar la Vaquería a las cinco de la mañana, cuando ya todos noshabíamos ido a dormir. Publiqué sobre el asunto un artículo en el Arriba, tomado ya por el rojerío de todos los pelajes , y a los pocos dias Sánchez Covisa y su chicos quisieron volar el Arriba o, en su defecto, tirarme por la ventana, que era más fácil.
La llegada de Emilio Sola, Juan el anarquista, y de Esmeralda hace que casi se me salten las lágrimas: como los viejos rokeros, los viejos anarcos nunca mueren. Es más, ellos son los verdaderos rokeros. Emilio Sola organizó hace años desde Argelia un viaje de apoyo a la causa saharaui y al Polisario, que era a lo que quería referirme al principio, al evocar a Agustín Millares. El apoyo interior se lo prestamos a Emilio fundamentalmente Jose Ramón Ripoll, Navarrete y yo. Unos veinte poetas, adictos a todas las revoluciones perdidas, nos presentamos en Tinduf convencidos de que, cuando el Polisario expulsara a los marroquíes, allí estariamos nosotros Kalasnikov y verso en ristre. Y había poetas importantes como Caballero Bonald, Fernando Quiñones, José Agustin Goytisolo, Carlos Alvarez y el propio Agustin Millares....Compartí tienda de campaña varios dias con Agustín Millares; y, bajo las estrella versos, futuro y esperanza pese a la diferencia de edad; y la idea, tan mal entendida desde el llamado "realismo socialista", de que no hay ética sin estética. Una madrugada, ya sin versos que llevarnos a la boca, compartimos un sorbito del guisqui clandestino que habíamos importado de contrabando Paco García Navarrete, Javier Reverte y yo. El güisqui no era de José Agustín Goitysolo, el poeta de Palabras para Julia, pero lo vigilaba como si le perteneciera. Javier Reverte y yo, implacables, se lo teníamos racionado y con cuenta gotas. La revolución es una cosa y el güisqui otra. Y el güisqui era nuestro.
Me hice amigo de Agustín Millares, conocí sus versos que apenas conocía, improvisamos sonetos que estarán tan perdidos como el Polisario en las arenas del desierto; hubo un tiempo que nos llamábamos por teléfono, pero todo se fue difuminando. Me sumo a este homenaje del Dia de las Letras, me imagino, friolento y lírico, en las noches del desierto saharaui, soñando con Keltum, la hermosa guerrillera que algunas noches no podía dormir porque tenía el novio en el frente y se venía a charlar con nosotros
Recuerdo todo esto con Emilio Sola en el Gijon más de 30 años después y a Emilio le brillan los ojos con una extraña luz, que, después de tantos años de amistad, apenas reconozco. Un recuerdo imborrable, admirado Agustín Millares. Si alguna lágrima se nos escapa que nadie lo tome a sentimentalismo. Es el rocío del desierto saharaui que retorna inútilmene porque ya no hay causa saharaui, ni Polisario ni bellas guerrilleras ateridas de insomnio porque sus novios están en el frente .
Con el hijo, Oscar Millares, ejecutivo en la Sgae, hablo a menudo de su padre. Incluso hace poco tuve la idea de montar un espectáculo de pequeño formato con los poemas de Agustín y con las arpilleras de Manuel, el hermano. Como todos los proyectos que merecen la pena, lo he ido postergando por otras urgencias sin duda prescindibles.."Aquí, aunque solo sea por el dicho, de que ver es creer (...) Aquí te quiero ver, amigo mio". Aquí, Agustín Millares.
sábado, 22 de febrero de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
MI GATA SUSÚ EN LA CASA DE LA PORTERA. EL ARTE DEL ACTOR
La Casa de la Portera es tal cual: un piso bajo derecha en el corazón de Lavapiés. Tiene más de novela de un Galdos menestral y proletario que de sala de teatro. Mas, al igual que entre los pucheros de Teresa de Jesús siempre andaba fisgando Dios, en cualquier sitio puede zascandilear el teatro. Amigos argentinos me han contado desde hace tiempo que, cuando la crisis, y sin taponar aún las hemorragias del videlazo cruento, en sitios así empezó a germinar una nueva escena: el teatro de la necesidad. Así nacieron los Veronese, Tolcachir, Messiez y otros muchos. No quiero jugar a arúspice, porque los profetas acaban siempre con las barbas rapadas; pero puede que en lugares así, domésticos y vecinales, que no huelen a repollo y berza porque estos alimentos desaparecieron hace tiempo de la dieta española -y de la novela de la berza- estén fermentando hervores de buen teatro. Pese a todo, lo cierto es que el otro dia yo no debí acercarme a la Casa de la Portera a ver Pequeños dramas sobre arena azul. Pero, así como Cesar altivo desoyó la voz "guárdate de las Idus de Marzo", yo no hice caso a los avisos que dibujaba el vuelo de los pájaros; aunque me encontré con una paloma tragadora, un verdadero hallazgo a la que nadie le prestó nunca un ala..
No era dia de gatos. Por la mañana Susú, la muy pérfida, la guapa Susú que, a veces teclea en mi ordenador, habá clavado sus uñas en la pulcra y novísima tapicería de un sillón recién estrenado. Y se armó el cirio, claro. Porque en una casa decente no está bien que una gata se cargue una tapicería. Las gatas son celosas y rencorosas, incluso más que las mujeres. Y debió de pensar que alguna amiguita preferida debía de tener yo entre la grey gatuna de Pequeños dramas sobre arena azul. Vete a averiguar cómo pudo llegar a esa sospecha, pues yo ni siquiera sabía de qué iba la cosa de Abel Zamora.
Pero a Susú se le metio entre bigote y bigote lo de alguna amiguita emboscada y seductora y no hubo forma. Me hizo un estropicio en el ordenata y, para colmo, perdí el telefono antediluviano, de picapiedra, pero que me servía. Tengo la sospecha de que Susú, en un descuido mio, lo tirara por la ventana o lo haya escondido en algún rincón incógnito; al tiempo. Me lo repusieron al momento, pero estos putos teléfonos digitales no hay Dios que los entienda.
El hecho es que, sin hacer caso de tan oscuros presagios, me fuí a La Casa de la Portera. Llegué in extremis y creo que llegué a retrasar la representación un minuto o dos. E in extremis, en la última escena, sonó mi teléfono ese puto teléfono recien estrenado que no hay Dios que lo entienda. Resultado, le jodí la última escena a la primera actriz, Marta Belenguer me parece, la gata madre y desdichada. Un telefonazo en el Español o en el María Guerrero, es cosa de nada; pero en un salón de estar donde se apretujan 20 personas mal sentadas, en silencio como de Misa, es una bomba. Y no puedes mirar para otro lado, porque está claro que has sido tú y nadie más que tú. Es peor que una bomba; es una blasfemia. Al final, en vez de aplaudir, junté mis manos en ademán de súplica y los actores/actrices me sonrieron con indulgencia; pero el mal estaba hecho. Me dí cuenta cuando vi salir huyendo a mi amigo Javier Ortiz, el de El sol de York; temí que se avergonzaba de saludarme.
Acabado todo, pagaron justos por pecadores y una señora que tenía pinta de haberse dejado en la sartén las empanadillas -como la Encarna de Martes y Trece- para bajar a ver la función del bajo derecha, la tomó con dos espectadoras, Ana y Yolanda, a mí lado que no habían hecho otra cosa que mostrar su regocijo en algunas escenas.
Tendría que volver a La Casa de la Portera otro dia para ver esa escena postrera que reventé -como en los tiempos de la vieja claque- entre la gata madre engañada por todos (Marta Belenguer) y la borracha Crueladevil, (Mentxu Romero) siempre con un perro zalamero y fiel a su lado. Hay hideputas con suerte. Volvería por ver también a esa paloma yonki, una gozada de personaje y de actriz (Nuria Herrero). Y por averiguar en qué acaban los amores de Calle, el gato follador que acaba marica (Raúl Prieto) y el pobre Manchitas, (David Matarín) castrado por la infame Crueladevil.
De mi Susú, de momento, ni mentarla. Tenía la intención de recomendarla a Abel Zamora, autor, director y actor, para un próximo casting de gatas; pero que se joda. Es una mal criada, vive a cuerpo de reina y encima se enfurruña, por una amiguita de más o de menos que solo existe en us imaginación. Como las mujeres. Susú no sabe ni cazar un pájaro en el jardín de Colmenar Viejo. Y viene y me rasga la tapicería de un sillón.
P/S Si he equivocado algo en el reparto, decídmelo. La culpa es de Susú que al llegar a casa me escondió el programa de mano, la muy zorrona.
No era dia de gatos. Por la mañana Susú, la muy pérfida, la guapa Susú que, a veces teclea en mi ordenador, habá clavado sus uñas en la pulcra y novísima tapicería de un sillón recién estrenado. Y se armó el cirio, claro. Porque en una casa decente no está bien que una gata se cargue una tapicería. Las gatas son celosas y rencorosas, incluso más que las mujeres. Y debió de pensar que alguna amiguita preferida debía de tener yo entre la grey gatuna de Pequeños dramas sobre arena azul. Vete a averiguar cómo pudo llegar a esa sospecha, pues yo ni siquiera sabía de qué iba la cosa de Abel Zamora.
Pero a Susú se le metio entre bigote y bigote lo de alguna amiguita emboscada y seductora y no hubo forma. Me hizo un estropicio en el ordenata y, para colmo, perdí el telefono antediluviano, de picapiedra, pero que me servía. Tengo la sospecha de que Susú, en un descuido mio, lo tirara por la ventana o lo haya escondido en algún rincón incógnito; al tiempo. Me lo repusieron al momento, pero estos putos teléfonos digitales no hay Dios que los entienda.
El hecho es que, sin hacer caso de tan oscuros presagios, me fuí a La Casa de la Portera. Llegué in extremis y creo que llegué a retrasar la representación un minuto o dos. E in extremis, en la última escena, sonó mi teléfono ese puto teléfono recien estrenado que no hay Dios que lo entienda. Resultado, le jodí la última escena a la primera actriz, Marta Belenguer me parece, la gata madre y desdichada. Un telefonazo en el Español o en el María Guerrero, es cosa de nada; pero en un salón de estar donde se apretujan 20 personas mal sentadas, en silencio como de Misa, es una bomba. Y no puedes mirar para otro lado, porque está claro que has sido tú y nadie más que tú. Es peor que una bomba; es una blasfemia. Al final, en vez de aplaudir, junté mis manos en ademán de súplica y los actores/actrices me sonrieron con indulgencia; pero el mal estaba hecho. Me dí cuenta cuando vi salir huyendo a mi amigo Javier Ortiz, el de El sol de York; temí que se avergonzaba de saludarme.
Acabado todo, pagaron justos por pecadores y una señora que tenía pinta de haberse dejado en la sartén las empanadillas -como la Encarna de Martes y Trece- para bajar a ver la función del bajo derecha, la tomó con dos espectadoras, Ana y Yolanda, a mí lado que no habían hecho otra cosa que mostrar su regocijo en algunas escenas.
Tendría que volver a La Casa de la Portera otro dia para ver esa escena postrera que reventé -como en los tiempos de la vieja claque- entre la gata madre engañada por todos (Marta Belenguer) y la borracha Crueladevil, (Mentxu Romero) siempre con un perro zalamero y fiel a su lado. Hay hideputas con suerte. Volvería por ver también a esa paloma yonki, una gozada de personaje y de actriz (Nuria Herrero). Y por averiguar en qué acaban los amores de Calle, el gato follador que acaba marica (Raúl Prieto) y el pobre Manchitas, (David Matarín) castrado por la infame Crueladevil.
De mi Susú, de momento, ni mentarla. Tenía la intención de recomendarla a Abel Zamora, autor, director y actor, para un próximo casting de gatas; pero que se joda. Es una mal criada, vive a cuerpo de reina y encima se enfurruña, por una amiguita de más o de menos que solo existe en us imaginación. Como las mujeres. Susú no sabe ni cazar un pájaro en el jardín de Colmenar Viejo. Y viene y me rasga la tapicería de un sillón.
P/S Si he equivocado algo en el reparto, decídmelo. La culpa es de Susú que al llegar a casa me escondió el programa de mano, la muy zorrona.
miércoles, 19 de febrero de 2014
NANAS PARA DARÍO DIAZ AMESTOY
Recibí noticia de que habías aparecido en este mundo, en el teatro dónde si no. Tu abuela Esperanza D,Ors, las abuelas que todo lo enredan y lo desenredan, al teléfono de Ana: ha nacido Dario. No sabes la suerte que tienes de tener abuela, una abuela además super importante que es una escultora genial. Y un abuelo, autor de teatro, que es también superimportante y genial, Ignacio Amestoy. Los que no alcanzamos a conocer a los abuelos nos hemos perdido lo más bonito de la vida, dicen. Y así hemos salido: siempre alabanciosos de nosotros mismos, defendiéndonos como gatos panza arriba, porque eso de no tener abuela es muy malo. Ese no tiene abuela, dice la gente. Pero tú sí tienes abuela; y una hermana, que las hermanas son mejor de lo que parecen al principio, que se llama Olaya y a la que no pude dedicar una nana porque entonces no tenía este blog donde escribirla. Y tienes una madre, claro, Ainhoa Amestoy y un padre Rafael Diaz, que también son geniales, como los abuelos de una parte y de otra, aunque a los de la parte paterna no los conozco. Tener padres es importante, claro, muy importante, tanto o más que tener abuelos; si no de qué. Por muchos e importantes abuelos que tengas, si no hay padres, pues nada de nada. A ver qué vida. Quería haberte escrito esta nana hace unos dias, pero me enredé con el genial Fernando Arrabal en un cartulario sobre Picasso y sobre Dalí, que si uno es un pesetero conservador y el otro un revolucionario dadivoso, que si tal que si cual.... Nada de importancia, ni caso. Cosas de mayores que, ya te irás dando cuenta, perdemos el tiempo en bobadas.
Bueno, vamos a lo serio y ahí te mando esta Nana, que te ayude a dormir cuando no tengas sueño y te la cante tu madre o tu padre.
Abre los ojos niño
y no te asustes
de lo que veas.
No llores si presientes
frío y escarcha
decorando este mundo
de acciones feas.
También hay hombres buenos
y una mujer, tu madre,
que te amamanta.
Cierra los ojos, niño Darío,
si alguna vez lo feo te salpicara.
Abrelos a la luz,
suspira y canta;
que tu abuela y tu madre
su sol te llaman.
Y tiende tu manita
a tu hermana Olaya
que las chicas son buenas pero no santas;
y aunque sean hermanas
chinchan y rabian.
Puro milagro, niño, que no nacieras
dentro de un camerino
o sobre las tablas,
a la vista del público
que aplaude palmas;
Ainhoa dirigiendo tus balbuceos,
tus primeros papeles,
e Ignacio apuntalando
tu indecisión neófita
entre chácena y cajas.
El teatro es la vida, niño Darío;
la vida es el teatro
con sonrisas y alguna
lágrima amarga.
Nunca apagues la llama
de tu estirpe
cuando vengan mal dadas.
Nunca el milagro olvides
de la farándula.
Abre los ojos, niño,
y no llores si a veces,
no adivinas ni entiendes
lo que sucede y pasa.
Todo en la vida es juego.
Y el teatro es tan grande,
que nunca malas gentes
apagarán sus fuegos;
nunca la filigrana
de su invención se acaba.
Javier Villán
P/S dentro de pocos dias tu abuelo Ignacio estrenará una obra Dionisio, una pasión española. Seguro que será un éxito. Espabila; y con un poco de suerte tue abuelo hasta te saca a saludar. Entenderás entonces, aunque sea muy chiquitín, el veneno de los aplausos. El salvífico veneno del teatro.
Bueno, vamos a lo serio y ahí te mando esta Nana, que te ayude a dormir cuando no tengas sueño y te la cante tu madre o tu padre.
Abre los ojos niño
y no te asustes
de lo que veas.
No llores si presientes
frío y escarcha
decorando este mundo
de acciones feas.
También hay hombres buenos
y una mujer, tu madre,
que te amamanta.
Cierra los ojos, niño Darío,
si alguna vez lo feo te salpicara.
Abrelos a la luz,
suspira y canta;
que tu abuela y tu madre
su sol te llaman.
Y tiende tu manita
a tu hermana Olaya
que las chicas son buenas pero no santas;
y aunque sean hermanas
chinchan y rabian.
Puro milagro, niño, que no nacieras
dentro de un camerino
o sobre las tablas,
a la vista del público
que aplaude palmas;
Ainhoa dirigiendo tus balbuceos,
tus primeros papeles,
e Ignacio apuntalando
tu indecisión neófita
entre chácena y cajas.
El teatro es la vida, niño Darío;
la vida es el teatro
con sonrisas y alguna
lágrima amarga.
Nunca apagues la llama
de tu estirpe
cuando vengan mal dadas.
Nunca el milagro olvides
de la farándula.
Abre los ojos, niño,
y no llores si a veces,
no adivinas ni entiendes
lo que sucede y pasa.
Todo en la vida es juego.
Y el teatro es tan grande,
que nunca malas gentes
apagarán sus fuegos;
nunca la filigrana
de su invención se acaba.
Javier Villán
P/S dentro de pocos dias tu abuelo Ignacio estrenará una obra Dionisio, una pasión española. Seguro que será un éxito. Espabila; y con un poco de suerte tue abuelo hasta te saca a saludar. Entenderás entonces, aunque sea muy chiquitín, el veneno de los aplausos. El salvífico veneno del teatro.
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