El primer toro de la Feria al que le
echaron los cabestros por su perniciosa invalidez, tuvo que tocarle a don Ricardo Gallardo, un Fuente Ymbro, ganadería esqueje del
árbol troncal de Jandilla que, con frecuencia, supera a sus raíces. En este San
Fermín, no. Los jandillas de don Borja han sido muy superiores a los pupilos del
señor Gallardo. Y los diestros ninguno superó a Miguel Angel Perera, en racha y por encima de las dificultades
connaturales al toro bravo, a cuyos problemas, en estos momentos, quizá
sea uno de los pocos capacitados para enfrentarse.
Juan
José Padilla abrió la Puerta Grande. De hecho en esta Feria a mí me parece
que la Puerta del Encierro no se ha cerrado desde que la torada la traspasa en
el encierro mañanero y madrugador. Los dobladores, encerrado el último toro, se
olvidan de las puertas y por inercia
los toreros se echan a la calle por latarde; no faltará un Chino o un Rubio que se los suba al pestorejo. Y fuera los espera la multitud que no los ha visto torear. Amigos costaleros, por esta Feria fecunda de San Fermín, me
debeis una convidada; vosotros invitais aunque acabe pagando yo como siempre. Yo me alegro, por este toreo heroico que ha
devenido en corsario de buena fortuna, por lo del parche en el ojo vacío que le
desorbitó una cornada. Pamplona es una flota inmensa de barcos piratas escoltando
la nave capitana de Juan José Padilla con la calavera y las dos tibias.
Yo creo que con Padilla se está cumpliendo lo que, en
abstracto, los líricos llamamos justicia
poética; o sea una justicia aplazada que compensa los sinsabores injustos e
los desdenes inducidos. Se ha tragado corridas infames, cornadas abracadabrantes, saldos
ganaderos que no quería ni Dios. Me basta recordar cuando un miura le prendió
por el pecho en toriles y lo llevó como un muñeco desmadejado por todo el ruedo,
para no discutirle nada de lo que ahora haga y le premien o regalen. Es un líder,
es más torero de lo que le han dejado
demostrar y está recogiendo los frutos de una vida desangrada a cornadas. ¡Va
por usted!. Usted, de pirata y terror de los mares, sólo tiene el romanticismo,
“en todo el mar conocido del uno al otro confín” (Espronceda).
Los Fuente Ymbro, sacos de escombros
y cascajos. Uno devuelto y unos cuantos por el suelo; con la casta y las fuerzas a ras del idem. Pepe
Moral pilló la sustitución de David
Mora, hecho polvo todavía desde la cornada de Madrid. Mucha solidaridad;
todos o casi todos, incluso quienes no querían ni verlo en los carteles, brindan a Mora un toro. ¡Viva la fiesta!. Pepe Moral venía lanzado por dos orejas en La Maestranza; a degüello pues, al parecer,
las oportunidades se le van acabando. Consiguió en el inválido y noble quinto,
lo que no pudo conseguir en el segundo, más duro y complicado, un rufián para
muchos. Simplemente difícil. Un toro para lidiarlo. La oreja que rebanó Pepe
Moral, si esta cosa del toro funcionase más por méritos y menos por enchufes, debiera valerle muchos
contratos; no porque haya sido una oreja de sangre y fuego, sino porque
descubre las virtudes de un torero casi en la clandestinidad. Lo mismo que Jiménez
Fortes, valiente ceñidísimo hasta la temeridad, gran capotero, y buen trazo muleteril, Moral puede ser torero de Pamplona. Y si se es
torero de Pamplona se es torero de todos los sitios. Como Padilla,
mismamente.
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