sábado, 1 de julio de 2017

ARTE EPISTOLAR


EL Cartero de Francisco Vighy

Mi padre era cartero peatón de Carrión de los Condes a Torre de los Molinos. Y yo en verano, siendo un chaval,  heredaba la valija e iba hasta  una finca llamada Macintos, una gran dehesa de cultivos. No era el cartero de Neruda, pero era el cartero de Francisco Vighi, excelente poeta vanguardista y a la vez hondo sonetistas amigo de Ramón y, miembro de la tertulia del Pombo.  Vighi  estaba casado con Julia Arroyo, familia ilustre de Palencia, de los Arroyos de toda la vida, dueña de una parte importante de Macintos. A ella se debe que conozcamos los versos de Vighi que fue recogiendo de aquí y allá hasta formar un volumen que tituló Versos Viejos.

 Cartas clandestinas
Yo repartía cartas, pero  lo que  verdaderamente me ha gustado siempre es escribir cartas de amor; propias o por encargo. Hace unas semanas, apareció por mi casa una vieja amiga, Marili,  que me hacía de celestina con mi novia de entonces, hace 40 años,  y mi mujer de hoy. Vivíamos un amor tórrido y clandestino   y en verano la única forma de trasmitirselo era enviarle cartas a su amiga con la que veraneaba en un pueblo de Castilla.

Después de estas cartas, las que más me gustaba escribir era la de los soldados en la mili. Si sabían escribir les dictaba el texto. Y si no,  se las escribía yo, cambiando la letra, pues algunos eran del mismo pueblo y no era cosa de que descubrieran la misma mano en todas ellas pues en la mili  tratábamos  de enseñar a escribir y leer a quien había llegado analfabeto del pueblo. “ Ponle cosas bonitas  que  parezcan mias”, me decían.
 El privilegio de una amiga inventada.
Con las cartas que más he disfrutado son con las que me pedía una amiga cuando la abandonaba algún amante. Estaba familiarizada con la jerga de la farándula porque había tenido un novio actor y yo le preguntaba, ¿cartas de  verdad o de atrezzo?. Las de atrezzo me salían bordadas. Pero a ella le gustaban más las “verdaderas”.  Da igual; en el fondo quizá algunas alcanzaran el nivel de Cartas a una amiga inventada, de Saint Exupery. O,  al menos, eso creía ella.  Me encanta el lenguaje epistolar, a mano, a pluma y tinta, nunca a bolígrafo. Siempre que alguien me lo pida.

 

 

1 comentario:

  1. Una delicia leerte, viejo y sentimenatal amigo, compartiendo similares afanes y experiencias epistolares. Un abrazo.

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