sábado, 28 de noviembre de 2020

 

Maradona. Un dios de barro

Diego Armando era un dios no con los pies de barro, pies mágicos, sino un dios todo barro. Maradona era tierra y barro. Barro de la calle inhóspita. Un maldito. En poesía hay malditos universales como Rimbaud o Baudelaire, pero España no ha dado malditos pese a que Paco Umbral escribiera un libro memorable y polémico, Lorca poeta maldito. Escribí una vez un artículo diciendo que, en mi opinión, el verdadero maldito del 27 era Luis Cernuda y me pusieron a caer de un burro. Para la crítica española el único poeta maldito ha sido Leopoldo María Panero, el “loco de Mondragón”, internado en un siquiátrico.

 Lo peor es que, siendo dios, Diego Armando Maradona  acabó creyéndoselo. A su pesar, creó una religión, una secta; la secta maradoniana. No deja escuela ni como futbolista porque era inalcanzable, ni como ser humano porque era reprobable por demasiado humano. La humanidad no puede estar orgullosa de ser como es y Maradona acentuó esas carencias de bondad y solidaridad hipócritas. Ha muerto solo, dicen que a causa de una parada respiratoria; abandonado de médicos, enfermeras y abandonado de todos. Se investiga una posible negligencia médica lo cual estaría a tono con una existencia disparatada. No conoció moral y si la conoció la despreció, es más la hizo añicos. La sociedad lo enalteció fue su verdugo idólatra porque los hombres necesitamos referencias, así somos de frágiles; pero él deja muchas víctimas. La España futbolera de hace treinta o cuarenta años fue feliz viéndole acariciar el balón rodeado de contrarios, sorteando las patadas implacables fieles al dogma “si pasa el balón, que no pase el hombre”. Muchos, independientemente de su afición al  fútbol, saben o intuyen que ha muerto algo más que un pelotero, muchos fueron felices viéndole hacer magia con la pelota. Algo, pues, le debemos; esa felicidad transitoria. La España inquisitorial y calderoniana ya ha emitido su juicio, al menos en la selva de twiter: Maradona se gastaba fortunas en putas. Un país putero por naturaleza, acusando de putero a un astro. Argentina, país de futbolistas geniales, llora al genio supremo que ininterrumpidamente cometía penaltis contra sí mismo y  nunca se los pitaba porque nunca se supo el reglamento. 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Tono Martínez, elegía por todos nosotros


Tono Martínez es un intelectual. Y un aventurero. Y un esteta y un poeta. A Tono Martínez lo recuerdo de viejos tiempos del café Gijón, allá por los setenta del pasado siglo. Se unió al grupo que formábamos Rafael Llorente, Cristina Maristany, Julián Marcos, Antonio Leyva, los pintores Alcaraz y Luis Cañadas de un estilo realista contrario a lo que Tono defendía como estética troncal; pero en las tertulias de café, nunca llega la sangre al rio. Ahí estaba por ejemplo, la tertulia de los poetas con gente tan dispar como Gerardo Diego, Jorge Urrutia, Juan Pérez Creus Maese Pérez, Angel García López, Buero Vallejo, Granados y el pintor Cirilo Martínez Novillo que se unía a los poetas porque detestaba la charla de los pintores. Carlos Oroza, el poeta beat que nunca llegó a maldito, solía ir por libre. Cirilo tampoco aguantaba a Luis Burón Barba, que leía Der Spiegel en alemán y luego, con los sociatas, fue Fiscal General del Estado. Otro juez, este comunista, Carlos Vega, representaba el equilibrio entre esta tendencia sociata y el PCE radical del editor Ramon Akal. A veces Fanny Rubio, estudiosa de las revistas de poesía de los años 50. Tono callado, aunque ya con inevitables destellos de talento. Al poco tiempo empezó a dirigir una revista que se convertiría en mítica por su esteticismo refinado y ejemplar. Tono Martínez y yo queríamos mucho a Rafa Llorente, diplomático,cónsul en París, y a Cristina, condesa de Lavern, que hacían versos al sudor de los obreros y al proletariado que viajaba en metro. A mí la poesía social, salvo Blas de Otero, me parecía una negación de la poesía y del mensaje. Pese a lo cual me cayó el sambenito de poeta social y político. Tuvo que venir Paco Umbral para poner las cosas en su sitio: político sí, pero antes que nada poeta. Juan Goytisolo refiere en uno de sus libros cómo Rafael Llorente, siendo cónsul, pretendió proclamar la República Española independiente en Fernando Poo.

Tono Martínez acaba de publicar un libro, El cuarto sello, diario de la peste. (Edit Polibea) Es un libro oportuno  y de urgencia, pero no es un libro oportunista. Escrito entre marzo y septiembre del presente año, es lo que podríamos llamar un dietario, un relato memorial. A veces, a su prosa fluida filosofal y hamletiana le salen ecos de Jorge Manrique, el de las Coplas y la finitud de la vida. Y con frecuencia, la máxima de los monjes trapenses, “morir tenemos, ya lo sabemos”, cuando se cruzaban silenciosos y rezadores en el claustro; o lo que es lo mismo “memento mori”, recuerda que hemos de morir. Es un libro melancólico, pero no sombrío. Con referencias esenciales a un  Madrid que ya no es, quizá nunca vuelva a serlo, Capital de la Gloria.

martes, 24 de noviembre de 2020

Caracoles y setas tras las lluvias y el sol

Caracol, col, col. Saca los cuernos al sol. Primero tenía que llover y después lucir el sol para salir a coger caracoles. Sin lluvia y después sol, lo caracoles que dan asco a muchos y bien guisados son exquisitos, se esconden y no salen a arrastrarse dejando su rastro de babas. En las aldeas de Castilla caracol es el peor insulto que puede dirigírsele a una persona, es lo mismo que llamarla “babosa, arrastrada y cornuda”. El señor Monegal, crítico de televisión, de Onda Cero, daba el otro día en el programa de Julia Otero su receta para cocinar caracoles.  Una más de las muchas. Pero olvidaba los preliminares: cómo tratar los caracoles hasta que pueden ser guisados.  Una vez capturados, operación muy fácil, se les pone entre salvaos, que es un alimento para cerdos, una especie de harina en bruto, lo que queda de esta después de ser cernida en el cedazo, me parece recordar. Cuando entre salvaos han perdido parte de sus babas, se les da varias aguas en una herrada revolviéndolos, muy rápido con la mano. A la tercera o cuarta agua, han perdido las babas y entonces ya están listos para ser cocinados, si a la guisandera le gusta, con trozos de chorizo o jamón del cerdo criado, matado en casa   y curado al viento y la intemperie.

  El otoño es tiempo de caracoles y de setas, hongos con los que hay que tener mucho cuidado y conocerlos bien, pues algunas son mortalmente venenosas: pero yo en Palencia no conocí ningún envenenamiento. Había una variedad de setas muy sabrosas, que se criaban en terreno arenoso y seco que se llamaban creo recordar gagurrias. En Torre de los Molinos el mayor experto en setas era mi hermano José Maria, no había peligro con él y nos dábamos grandes banquetes, como con los cangrejos, que en su momento pescaba mi hermana Concha. Había unas setas que no tenían peligro alguno, las de tronco de árbol, que me parece se llamaban níscalos, y comíamos asadas a las áscuas de la lumbre y con unos granos de sal gorda. Puro deleite.