domingo, 15 de febrero de 2026

 

Santiago Sánchez. La fecunda semilla de Imprebís.

Una vida sin teatro es menos vida. Y yo he recuperado la plenitud gracias a Imprebís. Hace muchos años que sigo a Santiago Sánchez y su teatro que me ha parecido siempre un teatro fecundo y germinal. Ahora anda por tierras de la Castilla profunda con su amplio repertorio, tras haber triunfado en los Teatros del Canal de Madrid; en la Sala Negra, que es donde yo  ví su espectáculo minimalista y ritual, una rara pieza titulada De dónde venimos?, acompañado en la interpretación por  Víctor Lucas. Lucas   imprime al piano un carácter protagonístico de personaje. Se trata de una creación, al alimón, con Hassane Kouyaté que es quien se responsabiliza de la dirección. Llena estaba la sala el dia del estreno, que es a lo que se refiere esta crónica, que llegó a la Metropoli precedida de una sólida trayectoria. Como no es infrecuente que suceda conocí a Santiago Sánchez en persona antes que a Santiago Sánchez farandulero,  aunque motivado el encuentro por cuestiones  teatrales compartidas. Después llegó, creo recordar, con una función de Tio Vania, de Chejov, en la que su esposa Xus Romero, afrontaba el complicado papel protagonista con el inevitable miedo escénico que Madrid impone a pintores, actores, toreros y mediopensionistas. Xus Romero es, además, una importantísima actriz de doblaje. Me enteré después que la consigna implacable que Santiago le dio fue una muy taurina, “sólo tienes dos opciones: puerta grande o enfermería, tú decides. Y a ver cómo convences al más severo de los críticos, Javier Villán”.  Xus me convenció hasta el extremo de considerarla desde entonces  mi actriz favorita, sobre todo en cuestiones chejovianas. En justa reciprocidad, Xus Romero me considera su crítico favorito. Disculpen este preámbulo, que los redactores de periódico, suelen cortar y tirar a la papelera, pero en mi blog, el redactor jefe soy yo, como Flaubert era madame Bovary……..madame Bovary   c, moi.

Respecto a la pregunta que da título a la obra De donde venimos? Ami me preocupa poco,  aunque   puede resultar satisfactoria la respuesta: somos el resultado de sucesivos encuentros. Ese es un aspecto filosófico de la cuestión y prefiero centrarme en algo más “teatral”. La  paradoja del  comediante, del ilustrado enciclopedista Diderot. Debe el actor sentir intensamente su papel? La respuesta puede ser más compleja. El actor debe hacer creer a los espectadores que siente su papel, pero no necesariamente sentirlo. Esa es la clave Por cuestiones personales que no vienen al caso,   he tenido el privilegio de ver mucho teatro entre cajas. Era la ´-epoca inhumana y brutal de las dos sesiones, una a las ocho y otra a las once. Actores y actrices no tenían tiempo de salir a cenar y me encargaban les trajese  un bocata de jamón, cosa que cumplía a rajatable y, de paso, pagado por los actores me compraba uno para mí que bien necesitado andaba yo en aquellos momentos. A cambio yo era una especie de traspunte que avisaba “faltan diez minutos, primera llamada; faltan tres minutos…última llamada”.  Me preguntaban los más inseguros,,,,”cómo está de gente?”. Lleno”..contesta yo invariablemente, aunque fuera mentira. En fin, cosas de teatro, que la proximidad, la inmediatez Santiago Sánchez y Victor Lucas me ha hecho revivir una noche inolvidable.

Santiago Sánchez. La fecunda semilla de Imprebís.

Una vida sin teatro es menos vida. Y yo he recuperado la plenitud gracias a Imprebís. Hace muchos años que sigo a Santiago Sánchez y su teatro que me ha parecido siempre un teatro fecundo y germinal. Ahora anda por tierras de la Castilla profunda con su amplio repertorio, tras haber triunfado en los Teatros del Canal de Madrid; en la Sala Negra, que es donde yo  ví su espectáculo minimalista y ritual, una rara pieza titulada De dónde venimos?, acompañado en la interpretación por  Víctor Lucas. Lucas   imprime al piano un carácter protagonístico de personaje. Se trata de una creación, al alimón, con Hassane Kouyaté que es quien se responsabiliza de la dirección. Llena estaba la sala el dia del estreno, que es a lo que se refiere esta crónica, que llegó a la Metropoli precedida de una sólida trayectoria. Como no es infrecuente que suceda conocí a Santiago Sánchez en persona antes que a Santiago Sánchez farandulero,  aunque motivado el encuentro por cuestiones  teatrales compartidas. Después llegó, creo recordar, con una función de Tio Vania, de Chejov, en la que su esposa Xus Romero, afrontaba el complicado papel protagonista con el inevitable miedo escénico que Madrid impone a pintores, actores, toreros y mediopensionistas. Xus Romero es, además, una importantísima actriz de doblaje. Me enteré después que la consigna implacable que Santiago le dio fue una muy taurina, “sólo tienes dos opciones: puerta grande o enfermería, tú decides. Y a ver cómo convences al más severo de los críticos, Javier Villán”.  Xus me convenció hasta el extremo de considerarla desde entonces  mi actriz favorita, sobre todo en cuestiones chejovianas. En justa reciprocidad, Xus Romero me considera su crítico favorito. Disculpen este preámbulo, que los redactores de periódico, suelen cortar y tirar a la papelera, pero en mi blog, el redactor jefe soy yo, como Flaubert era madame Bovary……..madame Bovary   c, moi.

Respecto a la pregunta que da título a la obra De donde venimos? Ami me preocupa poco,  aunque   puede resultar satisfactoria la respuesta: somos el resultado de sucesivos encuentros. Ese es un aspecto filosófico de la cuestión y prefiero centrarme en algo más “teatral”. La  paradoja del  comediante, del ilustrado enciclopedista Diderot. Debe el actor sentir intensamente su papel? La respuesta puede ser más compleja. El actor debe hacer creer a los espectadores que siente su papel, pero no necesariamente sentirlo. Esa es la clave Por cuestiones personales que no vienen al caso,   he tenido el privilegio de ver mucho teatro entre cajas. Era la ´-epoca inhumana y brutal de las dos sesiones, una a las ocho y otra a las once. Actores y actrices no tenían tiempo de salir a cenar y me encargaban les trajese  un bocata de jamón, cosa que cumplía a rajatable y, de paso, pagado por los actores me compraba uno para mí que bien necesitado andaba yo en aquellos momentos. A cambio yo era una especie de traspunte que avisaba “faltan diez minutos, primera llamada; faltan tres minutos…última llamada”.  Me preguntaban los más inseguros,,,,”cómo está de gente?”. Lleno”..contesta yo invariablemente, aunque fuera mentira. En fin, cosas de teatro, que la proximidad, la inmediatez Santiago Sánchez y Victor Lucas me ha hecho revivir una noche inolvidable.

 

domingo, 8 de febrero de 2026

Javier Villán

Visión e imagen de Ignacio Amestoy

Ignacio es cabeza de una familia, la familia Amestoy, que incluye a su esposa, la gran escultora, revelada también como escritora de insólitas iluminaciones, Esperanza Ð,Ors; Ainhoa Amestoy D,Ors, autora, directora y actriz, es el renuevo brillante de esta saga y está a la altura de la estirpe. Ignacio Amestoy es un gran patriarca que parece un hombre normal acostumbrado a vivir y contar en los periódicos, sin retoricismos, las cosas que suceden cada dia.  En esta saga, mi recuerdo personal para Alfredo Amestoy, hermano de Ignacio, que se hizo célebre como presentador de televisión: vitriólico y divertido; periodista a contracorriente, famoso y, a la vez,  vasallo de la actualidad. Con Alfredo compartí una temporada  un intenso fervor por Marylin Monroe; yo le había dedicado a la humanísima diosa idolatrada, un poema hacía muchos años y Alfredo, hacía menos, una rara obra de teatro, En el cielo no hay Chanel. Y, sin Chanel número cinco, lo único que, según propia confesión, se ponía para dormir, Marylin no podía estar ni en el cielo ni en el infierno.  La bajó pues a la tierra de la mano de Che Guevara, para cabreo de su marido, el intelectual y hombre de teatro Arthur Miller.

 Volvamos al protagonista de esta historia, homenajeado hace unos días, por no sé qué motivos, aunque se me ocurren varios,  todos de peso y muy merecidos. Hace tiempo que conozco   a Ignacio Amestoy y una eternidad que lo admiro como maestro de dramaturgos y maestro de periodistas. En el magisterio periodístico es difícil, pero no imposible del todo, seguirlo o, al menos, tenerlo como referencia alcanzable. En la cosa dramatúrgica, es una meta que declaro fuera de mi alcance.   Me explico; en la primera, el periodismo, he procurado hallar en Ignacio una referencia digna de imitación. Como periodista habré publicado unos siete mil artículos, entrevistas y reportajes, mientras que, como autor de teatro, apenas he hecho una incursión de dialoguista a la que el escenógrafo y director David de Loaysa y los intérpretes Sabela Hermida y Germán Torres dieron materialidad  escénica en La Guindalera de Teresa Valentin y Juan Pastor; se trata de   Diálogo entre María Casares y Albert Camus. Traigo esto a colación porque, tras una lectura dramatizada entre un grupo reducido de amigos, Ignacio Amestoy, que hizo un magnífico Camus, estaba destinado a ser en escena el célebre escritor francés; Ignacio Amestoy, maestro de actores, es también un excelente actor, como no podía ser de otra manera.  Tan feliz acontecimiento no llegó a producirse por la imposibilidad de cuadrar fechas y espacios sin descuadrar otros igualmente importantes.  German Torres, por otra parte, hizo un espléndido  Camus.

Habiendo yo ejercido la crítica teatral durante muchos años, siempre como analista y nunca como juez, la experiencia de pasarme al otro lado fue una revelación de la que extraje provechosas conclusiones; la primera, no volver a escribir teatro. Había estado en lo que podíamos llamar el lado oscuro, la crítica a pie de obra, nada más concluir el espectáculo, para alcanzar el cierre del periódico, y de pronto me encontraba con el aterrador asalto de la luz, la escritura, que me superaba. Sigo pensando que el teatro es un lenguaje sagrado, al que sólo acceden unos pocos privilegiados, Amestoy entre ellos; un rito, una ceremonia, una liturgia y una comunión con el público. El teatro participa de la literatura, pero no es literatura. Participa de la palabra, pero no es sólo palabra.  El teatro tiene su propio lenguaje; una fusión, esencial, de elementos plásticos y recursos narrativos.  Ese equilibrio complementario entre dos discursos, el visual y el literario, es el que aporta en grado sumo a la escena, creo yo, Ignacio Amestoy.  Ello lo sitúa en el mismísimo meollo del teatro de la Transición, unido al sentimiento de una “vasquidad” no excluyente, sino inclusiva,  Doña Elvira, imagínate Euskadi, por ejemplo; y el compromiso con el momentos histórico que le ha tocado vivir, del que La última cena, una de   sus obras de mi preferencia es claro ejemplo; un padre, militante de la ortodoxia peneuvista, o como tal lo recuerdo, y un hijo próximo a la radicalidad insurgente de ETA. Interrogante implícita que algunos interesados en la cuestión vasca, entre los que me encuentro, hemos seguido planteándonos, incluso después de que ETA dijera adiós a las armas. La playa bajo los adoquines es otra de mis preferidas, pues entronca con el mayo del sesenta y ocho, los estudiantes de la Sorbona en las barricadas, creo recordar, Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre en la Coupole, una especie de Café de Gijón de Madrid, un poco más universalista.

 Uno de mis primeros contactos con Amestoy creo que fue hace años, cuando él dirigía el Centro Cultural de la Villa, de Madrid. Aparte su conocida imagen de creador, Amestoy tiene una enérgica y pragmática condición de gestor brillante.  Su paso por los Veranos de la Villa,

Festival de Almagro, Teatro Español y un largo etecé, dan fe de ello. En el Centro Cultural de la Villa sometí a su juicio un proyecto de ediciones basado en la idea bergaminiana de La España peregrina textos de exiliados españoles no publicados en España.  La idea le gustó, nos pusimos a darle forma, y no recuerdo por qué razones no llegó a cuajar. Hube de esperar algún tiempo para materializarla con la editorial Torre Manrique Publicaciones, de la que formaba parte Francisco García Navarrete, poeta y periodista, y la dirección de Aurora de Albornoz; pura ruina. Cinco títulos, que hoy son objetivo de bibliófilos y no se encuentran en ninguna parte. Javier Solana, ministro de cultura por entonces, ofreció su “generosa ayuda” y nos compró cinco ejemplares de cada número. Pura ruina.

 Pero centrándonos en el asunto Amestoy, necesario es resaltar sus enciclopédicos conocimientos del teatro del Siglo de Oro español, Lope y Calderón sobre todo. Y a su profundización en la historia de la tragedia, de la que su libro Siempre la tragedia griega es una referencia imprescindible e incuestionable

 


domingo, 25 de enero de 2026

 


IGNACIO AMESTOY;  UN SABIO, UN HOMBRE DE BIEN

 

 Autora Ana Merino

Soy poco dada a los homenajes...Pero lo de Ignacio Amestoy es otra cosa, otra historia. No lo tomo como un homenaje, merecido por otra parte y por múltiples motivos,  sino como un leve cambio de opiniones en el que Amestoy me cediera generosamente la palabra. Ignacio Amestoy es un sabio. Y un hombre de bien. Y yo lo considero  un amigo. Es periodista, maestro de periodistas. Y una periodista de largo recorrido como yo,  cerca de cuarenta años en televisión,  no puede permanecer insensible a su magisterio. Es un sabio y un hombre de bien.  Buena gente, que diría un castizo, condición de hermandad con la sabiduría que pocos hombres consiguen en la vida. Y un autor dramático de relieve incuestionable.  Me apasiona el teatro, aunque no acostumbro a asistir a los estrenos.  A los pocos que he asistido siempre me hallo con la misma disfunción entre lo que la gente dice y aplaude y lo que esa misma gente expresa con sus ojos, el verdadero juicio que los ojos no pueden disimular. Eso me produce una extraña sensación. Las opiniones del publico no estrenista me parecen mas de fiar.  Por otra parte, lectora incontinente,  no desdeño la lectura de teatro, aunque sé que la verdadera dimensión de una obra sólo se da en el escenario. Hablen los demás  de  la sabiduría de Ignacio, su aportación a la tragedia  de Sófocles, Esquilo y Eurípides.  Siempre la tragedia.  Yo prefiero hablar de ese Ignacio Amestoy relajado en la serenidad de una comida sosegada, de una sobremesa apacible, de un entreacto entre el bullicio de una sala de  teatro, con la presencia estimulante de su mujer la  gran escultora Esperanza D,Ors. Ignacio nunca abandona su magisterio, pero éste nunca molesta, porque  apenas se nota. Es como el acto de respirar; fluye sin ruido, sin excesos, sin estrépito, pero  necesario para la vida. Amestoy es ameno y sencillo conversador. Y tiene algo que,  para quienes devoramos periódicos y libros con pasión,  no debe pasar inadvertido; el escritor profundo, no anula la inmediatez ágil del periodista;  campos y estilos, a mi modesto entender de lectora, bien delimitados. Es el patriarca de una familia que se completa con  Ainhoa Amestoy, poderoso renuevo teatral del apellido;  Ainhoa    es directora , adaptadora, autora en potencia con algo importante también en esta profesión de la farándula: capacidad gestora, asunto imprescindible en estos tiempos.

Ana Merino