Angel Guimerá con adaptación y dirección Pau Miró
y Lluis Homar. en la Abadia, Un clásico catalán con dramaturgia,de Xavier Albertí que siempre es una garantía.. .Monólogo a varias voces, todas en la voz de Homar, que no acaba de dar con el tono diferenciador de cada una. Apenas se distingue el soliloquio del pastor Manelic, y su desdoblamientos, en Marta, enamorada de Sebastiá que de
todo es dueño. Nunca he ocultado
mi admiración por Lluis Homar; a pesar de cierta frialdad para pasar batería .Tierra Baja es un clásico del teatro catalán con doce personajes y
un tórrido triángulo amoroso todos ello pasados por el filtro de este actor que, en otras ocasiones, me pareció mejor. Complejidad de emociones y simplicidad
de una puesta en escena en la que se confrontan dos mundos: la pureza de las
tierras altas y la grandeza de sentimientos en las altas y la bajeza miserable de las tierras bajas; los siervos y
el cacique , el señor Sebastiá dueño de lo que existe y de lo que no existe Y
el pastor Manelic, inocencia frente al poder absoluto. Un texto anticuado, que requiere una interpretación más matizada y menos lineal
dada la pluralidad psicológica de personajes. Sensación de arqueología
teatral.
Reflexiones y comentarios sobre la actualidad política y cultural.
lunes, 1 de octubre de 2018
martes, 7 de agosto de 2018
CONCHA PIQUER Y MIGUEL DE MOLINA
Afinidades y controversias
Francisco Ayala afirmaba que Miguel
de Molina hizo más estragos en el ejército republicano que los cañones de
Franco. Recuerdo esta afirmación cogido de la mano de una tonadillera sáfica y
amiga ante la placa que le han puesto en kamikaze. Mi amiga está decidida a
ponerle música a la sentencia con que el HDGP, Conde de Mayalde, lo echó de
España: “por rojo y por maricón”. Puede que sea lo último de provecho que
hagamos mi amiga y yo juntos. Admiro a
doña Concha Piquer, “ojos verdes, verdes como la albahaca”. La censura metió
mano a la letra de la prostituta que
esperaba, “apoyá en el quicio de la
mancebía”, cambiándola por “apoyá en la puerta de mi casa un dia”. Adoro a doña
Concha pero venero a Miguel de Molina al que, tras brutal paliza, el conde de Mayalde, gatillero
del amanecer en la guerra y después alcalde de Madrid, echó de España por “rojo
y por maricón”. Con todo y, pese a turbias insidias que se vertieron
sobre doña Concha, ésta nunca intrigó contra Miguel
para quedarse, única, con su repertorio;
ambos lo reconocieron públicamente y su relación siempre fue respetuosa.
No hubo intrigas de la Piquer en el entorno de
Serrano Súñer, el cuñado de Franco. Era toda una señora que ignoraba a Juanita Reina, de la que decía que cantaba
“como una gallina clueca”. Y muy orgullosa; un dia en que la voz no le
respondía como ella deseaba, cortó por lo sano y se retiró ese misma noche.
Tampoco fue demasiado cordial con Rocío Jurado, cuando esta le pidió que la escuchara cantar en privado,
antes de debutar en Madrid. Su diosa se le desmoronó a Rocío esa tarde. Fue valiente siempre y desafió la moral de aquellos tiempos uniéndose
a Antonio Márquez un torero casado. Una
copla refleja su queja: “yo soy la otra, la otra y a nada tengo derecho, porque
no llevo un anillo con una fecha por dentro”. Pavónkamikaze le ha puesto una
placa en Embajadores a Miguel de Molina, y hay días que algunos idólatras del
cupletero, entre los que me encuentro, se
acercan para cantarle La bien pagá. Me
acompaña una amiga, sáfica y tonadillera antigua, que entiende muy bien a Miguel y me
pregunta si le haría un texto sobre él. Le digo que hoy a nadie le interesa la copla.
“No es la copla la que me interesa”, responde sarcástica; “él también es
sáfico”.
Esta placa es un motivo más para renovar la confianza en
los kamikazes que acaso cambien de sede dentro de un año; si eso ocurre, lo
cual solo sería suceso irreparable para
el dueño del Pavón, pedimos que os llevéis la placa. En sus últimos años de
exilio Miguel de Molina, retraído y solitario en
Argentina, justificaba su aislamiento diciéndole a José Miguel Ullán que fue a
entrevistarle: “no puedo exhibir la decadencia de alguien que antes fue tan bello
como yo”. España país de tonadilleras
hermosas y raciales con bata de faralaes. Este reinado siempre ha sido disputado ente dos nombres
prinicipales, doña Concha y Miguel de Molina. Aunque algunos apunten un
tercero, Juanita Reina, que según la Piquer, cantaba “como una gallina clueca”
viernes, 20 de julio de 2018
ENIGMA DE LA ALFARERA PRODIGIOSA.
La alfarera se va y se lleva sus enigmas.
Vuelve al misterio de la Esfinge. Por eso me decido a contar lo
de Rajoy y ella. Hay una conexión entre la Alfarera Prodigiosa y Mariano Rajoy
que a muchos sorprenderá. Conocí a la
Alfarera acaso cuando más necesitaba
reorganizar una vida que detestaba no sé por qué razones. Las sé pero no voy a contarlas. Ahora desaparece de mi vida
y yo de la suya. Nunca fue una relación de amor, sino de complicidades y piedad. Ni la
alfarera ni yo tenemos un sentido estricto de la fidelidad. Cuando nos aburre un amante lo dejamos. Sólo se alarmó una
vez cuando, en pleno fervor partisano por mi parte, tras haber visto en Olmedo un combativo Goldoni, le mandé
la canción Bella Ciao de la Resistencia antinazi: creyó que era
un adiós definitivo. Y tardó tres días, me dijo, en abrir el correo. Ni me lo
creí entonces ni me lo creo ahora.
Hubo complicidades y secretos que
unen más que el amor: “nunca escribirás ni dirás nada que dañe mi imagen de
mujer. Hacemos un pacto ¿vale?. Habla antes conmigo”. Nada escribí, mas por mi parte no había pacto sino lealtad:
de artista a artista, de visionario a visionaria. La Alfarera tenía un punto
sáfico inexpugnable. Si en algún momento tuvo trato con hombres,
debió de resultarle vomitivo. La vida de la Alfarera trascendía de su
alfar. A través de ella llegué a una conclusión general sobre las mujeres: abusada de hombres, ultrajada,
la salida mas digna para una mujer es la pureza y la dulzura sáficas.
Después de
tantas complicidades y secretos, nuestra razón afectiva había languidecido hace tiempo. Ambos habíamos desaparecido de
nuestras órbitas astrales: otras amantes y amadores o amadoras. Un tiempo,
además de la alfarería, le atrajo la escritura pero creo que fue un impulso
pasajero que pasó pronto. Una poética, autobiográfica que le dolía. Para mí, ella era ella y sus máscaras geniales. “Eres la
mujer de las mil caras y las mil máscaras”, le dije una vez como elogio. Y se
sintió herida.
La traigo a colación
de Mariano Rajoy, así como suena. Hace mucho tiempo, poco antes de
encontrar camino de las Islas Polinesias, me
puso uno de sus correos metafóricos y
divertidos mientras esperaba un vuelo de
enlace: “estoy más en el aire que
Rajoy”. Por entonces la vida política de Rajoy, es cierto, estaba pendiente de
un hilo. Peor que ahora, que ha cortado
todos sus hilos y vuelve a ser registrador de la propiedad aquí en Colmenar
donde habito y tengo una propiedad en regla. A lo mejor mientras tomamos un
vino, no sé si le gusta el vino a Rajoy, le cuento la anécdota por si quiere
ponerle un poco de romanticismo al registro de esta mi propiedad, ya registrada y en regla que los envidiosos llaman
finca.
La Alfarera prodigiosa era bella, y
es terrible que me asalte el verbo en tiempo pasado, es muy bella quiero decir.
¿Por qué razón los tiempos verbales
responden a una distinta apreciación de la belleza? Como la mirada, como los ojos. Tratando de
forzar un encuentro que la alfarera aplazaba, sin motivos razonables, le escribí una vez “estoy perdiendo tu
mirada, necesito verte”. Y me contestó, pierdes mi mirada porque ya no
recuerdas el pulso de mi corazón. Yo creo que la alfarera había llegado a detestar
su belleza y que esta le había traido más sinsabores que gozos. Ahora, redimida
de todo, la usa como venganza. “Solo
escribirás de mi cosas bellas y si te
cuentan infundios, habla antes conmigo.”
El otro día a modo de despedida, o
así lo interpreté yo, me permitió
acceder a la intimidad de su taller. Desnuda y sagrada, se tendió sobre un
lecho de barro donde imprimió la incandescente voluptuosidad de su cuerpo; hizo un molde y se
modeló a sí misma con asombrosa perfección. Guardo esa escultura que me regaló,
aunque quizá sea mejor destruirla para no alimentar melancolías. Nunca, ni
siquiera en sus momentos de máximo esplendor un poco canalla, la ví tan bella.
Nota a pie de página que recibiré no tardando mucho. O conozco poco a
la Alfarera prodigiosa: “Pese a todo, te tendré informado de mis exposiciones. Me
gusta tu poesía, puede que sea lo único que me gusta de tí”. No me negarán ustedes que la historia es hermosa;
hermosa y enigmática. Nunca ninguna mujer me regaló una historia igual.
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